Monologo de una mujer soltera

El tema de hoy nos compete a las mujeres y se titula: “Estar sola a los Estar soltera a esta edad tampoco significa que les de derecho tanto a.
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Permítanme que me presente. Así que sólo comentaré lo que mis amigas dicen de mí, y es que soy una mujer bastante atractiva.

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Y, de hecho, no son pocos los hombres que se me acercan con las intenciones claramente dibujadas en sus ojos. Modestia aparte, me considero una mujer inteligente. Como toda solterona novelesca que se precie de serlo, mi trabajo es el sustituto del matrimonio, y mis alumnos son los sustitutos de mis hijos.

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Sinceramente, no sé si a lo peor es que, una vez que empiezo una relación con un hombre, inconscientemente le exijo demasiado. Cada vez que tenía un novio, me volcaba en él al cien por cien, procurando agradarle en todo momento, estando siempre guapa para él, haciendo siempre todo lo que a él le gustaba.

Estaba tan pendiente de lo que él quería, de hacer que estuviera a gusto, de que tuviera todo lo que necesitaba al alcance de la mano tan pronto lo necesitara, que me olvidaba por completo de mí misma. Claro, no me daba cuenta de que así sólo conseguía agobiar a mi pareja, y cuando me dejaba cosa por otro lado inevitable , me sentía tan vacía y carente de sentido como una muñeca sin ninguna niña que juegue con ella.

Ahora me doy cuenta de que el problema no era que ellos no me quisieron lo suficiente, sino que yo no me quise lo suficiente.

Monólogo de una solterona empedernida

Así que me fui al extremo contrario. Tuve muy buen sexo en esta época, pero eso fue todo. Creo que por el daño que me habían hecho, pasé a ser yo quien hacía daño, lo cual sé que no es justo, sobre todo porque para entender ese daño del que hablo, hay que comprender primero que no me lo hizo nadie, salvo yo a mí misma. Esto es algo que he visto ahora, con el paso del tiempo y con la objetividad que la distancia prudencial proporciona a la hora de comprender el pasado. Cuando nos llegó la adolescencia, reaccionamos contra eso por pura rebeldía, dijimos con ímpetu que ese era el mundo de nuestros padres y nuestros abuelos, no el nuestro.

Nosotras habíamos crecido con la transición a la democracia, nuestros ideales tenían por fuerza que ser otros.

Monólogo: Cómo te cambia el matrimonio. Por Erika de la Vega.

No teníamos por qué amoldarnos a antiguos roles machistas en los cuales la mujer debía ser la sombra del hombre. Así que todas estudiamos, nos hicimos personas de bien, de provecho, autosuficientes, capaces de ganarnos nuestro pan por nosotras mismas.

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De mis amigas, no conozco a ni una sola que le vaya bien en su matrimonio. Todas han caído en el error de buscar en el amor aquello que no encontraban dentro de sí mismas, como yo. Me siento totalmente desdichada porque no puedo compartir mi vida con un hombre. Anhelo cambiar los latigazos que me da la soledad por los que me daría la convivencia. El hecho de estar vivo ya es en sí mismo doloroso. La vida duele, en todas su formas. El amor es en sí mismo un problema, el amor es en sí mismo un dolor, igual que la vida.

Y no quiero decir con ello que no valga la pena conocerlo, igual que bien vale la pena vivir aunque la vida duela tanto en ocasiones. Ese es el legado de nuestro tiempo.

Las solteras discriminadas • Archivo

El cuento de hadas de antaño que hablaba de un príncipe azul que venía a rescatarnos en un caballo blanco se ha convertido en el príncipe de las finanzas que va a rescatar a la pobre prostituta de Pretty Woman, o el pomposo abogado que rescata a Bridget Jones de su triste mediocridad como persona. No, eso era inviable. Y ese es el cuento de hadas del que yo y mis amigas, todas las mujeres de mi generación, hemos mamado. El mismo cuento con diferente título.

Mujer de las cuatro décadas

Así, si consigo ser feliz por mi propio esfuerzo, cuando al fin comparta mi vida con una pareja, podré ofrecerle mi felicidad, no mi tristeza. Podré compartir con esa persona mi verdadero yo, y no mis inseguridades, mis frustraciones y mis miedos.


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Si desplegamos fotos jugando a ser Pampita, en poses pretendidamente sensuales, no nos quejemos cuando el Nacho Viale que vamos a conseguir se encame con otra, diez minutos después de dejarnos en casa. Eso si logramos que tenga un mínimo de caballerosidad y nos lleve.

Muchachas, cuando un hombre en serio ve una foto nuestra paradas de perfil sacando cola, lo que siente son ganas de patearnos el culo. Cuando, ya grandecitas, nos sacamos 30 selfies con cara de pato, seguramente ese tipo de hombre, el que tiene los huevos puestos en su lugar, va a contener sus ganas de darnos una trompada en la boca para que no lo acusen de violento de género, pero apuesto a que fantasea con eso. A los hombres hombres, les gusta desear. Si subimos fotos de cuerpito gentil —como decía mi abuela— sienten que pierden el placer de descubrirlo en la intimidad y apretan el botón de la X colorada.